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El deber de control interno y la responsabilidad de COMPLIANCE OFFICER

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El art. 31 bis, que instaura por primera vez en nuestra legislación la responsabilidad penal de las personas jurídicas, establece en su apartado segundo el deber de control interno por parte de las organizaciones con personalidad jurídica, que deben adoptar medidas para la prevención y detección de delitos en su seno.

CONTROL_INTERNO

Dicho deber de control interno, se materializa en un órgano, unipersonal o colegiado, que asume las funciones de prevención, lo que por su procedencia anglosajona se ha venido denominando “Compliance Officer”.

Sin embargo, el Código Penal no regula específicamente esta figura, lo que provoca cierta incertidumbre tanto en los expertos en la materia, como en los propios empleados que asumen ese rol dentro de la organización, y que a menudo trae de la mano la siguiente pregunta:

¿Qué consecuencias jurídico-penales puede tener el incumplimiento del deber de prevención y control?

Tras estudiar las distintas opiniones e interpretaciones que se están emitiendo por la doctrina y por juristas de muy diversos ámbitos, la conclusión es que siempre se ha de tener en cuenta un punto de partida inicial, y es que el empresario es, en todo caso, quien tiene la posición de garante, debiendo velar porque en el desarrollo de la actividad empresarial no se lesionen bienes jurídicos ajenos.

Partiendo de ésta premisa, lo que se produciría en el caso del Compliance Officer, es una delegación de dicho deber se supervisión, en lo que a la prevención penal se refiere, lo cual no extingue ni mucho menos la posición de garante del empresario, sino que en cierta medida la modifica.

Esto es, el deber de control interno del empresario se convierte en deber de supervisión y vigilancia sobre la labor del Oficial de Cumplimiento, debiendo dotarle de las herramientas y recursos necesarios para el desarrollo de sus funciones.

Una vez sentadas las bases anteriores, esto es, que el empresario no extingue su labor de garante por la delegación de la misma en la figura del Compliance Officer, habrá que analizar el caso concreto para definir la responsabilidad que éste puede tener en la comisión de un acto delictivo.

Pese al deber de prevención, detección y control que asume esta figura, con funciones que abarcan desde la correcta difusión del Plan de Prevención de delitos, la formación de los trabajadores, hasta la instrucción de posibles irregularidades y la imposición de sanciones, no resulta tarea fácil probar que la omisión o la ejecución negligente de sus funciones sea la causa directa de la comisión de un hecho delictivo en la empresa.

El escenario que puede uno imaginarse es la participación del Compliance Officer en la comisión de un delito por omisión de sus funciones, cuando dicha omisión esté directamente relacionada con el resultado lesivo. No obstante, tendría que probarse en tal caso la intencionalidad de éste en permitir o favorecer la comisión de un hecho delictivo.

Por tanto, cabe concluir que aunque existe delegación de la empresa en el Compliance Officer de la prevención y control en el ámbito penal, ello no supone que se exima el empresario de su posición de garante, no pudiendo exigirse al empleado que asuma esta labor responsabilidad penal alguna por la comisión de un delito en la empresa, salvo que se trata de una omisión dolosa en sus funciones con la expresa intención de permitir o favorecer la comisión de un hecho delictivo.

Alma Antón

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TODOS A LA CÁRCEL

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chains-19176_960_720He aquí una invitación a la reflexión:

España es uno de los países que menor tasa de criminalidad tiene de toda Europa, lo que sin duda lo convierte en uno de los países que menos actividad delictiva tiene en el mundo. Sin embargo, nuestro sistema penal es uno de los más duros, y por si fuera poco, parece haberse despertado en nuestros legisladores una ansiedad irrefrenable por criminalizarlo todo.

Sabemos que el respeto a las libertades individuales se cuestiona en momentos de amenazas flagrantes para la seguridad ciudadana como es el caso del terrorismo, en los que parece primar la lucha contra la criminalidad frente a la salvaguarda de los derechos.

Pero no podemos olvidarnos de que en nuestro Estado democrático, el derecho penal persigue, además del castigo por el castigo, la reinserción social, y es en esa dirección en la que ha de caminar la política criminal. Además, la experiencia nos demuestra que el aumento en el rigor punitivo no es directamente proporcional a un descenso de la delincuencia.

Tienen una gran relevancia en este ámbito los medios de comunicación, pues en la creciente sociedad de la información, los juicios paralelos por parte de la opinión pública se hacen cada vez más intensos.

Y es en este panorama, en el que un Estado, bajo la presión mediática, se plantea el debate de qué interés debe primar, si la persecución del crimen a cualquier precio, utilizando para ello todos los medios a su alcance, o el respeto a derechos catalogados como indisponibles en nuestra Carta Magna.

Parece que nuestro país no lo ha tenido difícil a la hora de endurecer las penas y recortar las libertades, pues nuestros queridos ciudadanos no dudan un segundo en entregar su alma al diablo con tal de que no le toquen su “zona de confort”.

Es sencillo manipular la opinión de quienes desconocen la necesidad de protección de los derechos fundamentales de la Constitución por encima de cualquier otro interés, de quiénes difícilmente perciben el juego de equilibrio de derechos; en definitiva, de aquellos que comprensiblemente encuentran un delirio que pueda eximirse de responsabilidad penal a alguien acusado de agresión sexual o terrorismo por no existir actividad probatoria de cargo suficiente, cuando se trata de delitos que generan un gran rechazo en la opinión pública.

El filósofo Hobbes, partía en su filosofía política de la idea de que la humanidad se compone de seres individuales conducidos por sus pasiones, aquello de “el hombre es un lobo para el hombre” tratando de encontrar la mejor manera de trasladar este individualismo irracional a la construcción de una sociedad, de forma que sea posible la convivencia y gobierno de los hombres.

¿Cuál fue su conclusión? Que los hombres debían renunciar a su libertad y a esas “pasiones” alejadas de la racionalidad y que mantenían al hombre en guerra, por un pacto irrevocable, para que un órgano soberano les garantice a todos que vivirán en paz, a través de un poder coercitivo, que obligue a todos los hombres por igual al cumplimiento de su mandato.

Hoy en día esto nos parece un disparate, no obstante, aquel que quiera tener la perspicacia de analizar nuestro sistema actual puede observar claramente la regresión penal en la que estamos inmersos, debido principalmente a legislar “en caliente”, movidos por un sensacionalismo o emotividad  en el ámbito penal. No olvidemos que los grandes dictadores de la historia eran ídolos de masas.

No puedo evitar, y creo que hablo en nombre de todos aquellos que creemos en las libertades y la democracia, pensar en aquella frase que decía:

“Alguien ha secuestrado a la justicia y la ha ocultado en la ley”

Alma Antón 

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